Organización Internacional del Trabajo
Oficina Regional para América Latina y el Caribe
 


Martes, 07 de setiembre de 2010 - Lima, 16:38    

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Género y Economía Informal Imprimir

La participación de las mujeres es un rasgo central de la informalidad urbana, porque son ellas las que tienen mayores restricciones para incorporarse en actividades formales, sobretodo las mujeres que pertenecen a estratos de bajos ingresos.

La crisis económica de los años 70 y 80 y los efectos de las políticas de ajuste que se implementaron en la mayoría de los países latinoamericanos, trajo consigo la drástica reducción en los ingresos reales de los hogares, lo que obligo a las mujeres de escasos recursos económicos a incorporarse en el mercado laboral como estrategia de sobre vivencia. Sin embargo, las mujeres que se insertan al mercado laboral en periodos de crisis se mantienen durante los períodos de recuperación (CEPAL, xx).

En América Latina, la elevada incidencia de la informalidad en las mujeres puede explicarse por tres factores: i) la creciente tasa de matrícula escolar femenina y del promedio de años de educación alcanzados por ellas en las tres últimas décadas, ii) la disminución de los ingresos en los hogares, producto de la crisis económica, así como el crecimiento de las jefaturas de hogar femenina, situación que ha obligado a las mujeres a salir al mercado de trabajo, iii) el crecimiento del desempleo en los países de la región que afecta primordialmente a las mujeres que sólo encuentran una alternativa en la economía informal (IESA, 2000).
 

Además, las mujeres se enfrentan a otras desventajas y limitaciones derivadas de normas sociales y culturales relacionadas con el género que comúnmente encasillan a las mujeres en empleos mal remunerados, poco productivos y que limitan sus posibilidades de obtener recursos, contribuyendo así a la feminización de la pobreza. Muchas de las mujeres se ven encerradas en un círculo vicioso de la pobreza, sobretodo cuando su posición desfavorable en el mercado les impide generar ingresos suficientes y estables, el acceso al trabajo en este caso no constituye una forma de superar la pobreza, si no más bien una forma de acentuarla. Si bien las mujeres han estado ingresando en la fuerza laboral remunerada en cantidades crecientes, enfrentan discriminación en diversas formas, inclusive una opción restringida de ocupaciones y menores salarios. Sus iniciativas empresariales pueden quedar frustradas por leyes y costumbres que se combinan para impedir que las mujeres sean propietarias de bienes o beneficiarias de créditos, o puedan controlar los ingresos. A consecuencia de ello, muchas terminan trabajando en el sector informal, donde el trabajo no está reglamentado, la remuneración es escasa y a menudo hay riesgos e inseguridad.

La feminización de la pobreza y la discriminación por motivos de género, edad, origen étnico o discapacidad, también significa que los grupos más vulnerables y marginados suelen acabar en la economía informal. Y son las mujeres las que tienen que enfrentar la triple responsabilidad, de ganarse el sustento, ocuparse de las tareas del hogar y cuidar a los niños, ancianos y enfermos. También se las discrimina en relación con el acceso al desarrollo de los recursos humanos y a los recursos productivos (educación, tecnología, capacitación, crédito, tierra). De esta manera las mujeres tienen más posibilidades que los hombres de encontrarse en la economía informal, indica dicha resolución.

La segregación por género es más significativa en la economía informal que en el sector formal, puesto que mientras para los hombres la informalidad significa en la mayoría de los casos sólo un estado temporal, para las mujeres muchas veces supone permanecer en este estado durante toda su vida laboral. Por lo que la seguridad de ingresos, sobre todo en la edad mayor, es mucho más precaria para ellas (Baches, 2003).

Las mujeres aparecen concentradas en un número reducido de ocupaciones en las que se requiere escaso o nulo capital y que pueden realizarlas en la calle o en su domicilio y que generalmente están vinculadas a sus roles tradicionales como las manualidades, tejido, costura, preparación y venta de comida. Mientras que entre los hombres existe un espectro más amplio de modalidades de inserción laboral informal (OIT, 2001).
 
La persistencia de la brecha salarial en función del género, es otro aspecto que requiere destacarse puesto que a pesar de tener una mayor educación promedio que los hombres, las mujeres perciben una menor remuneración en dicho sector, debido a dos factores: i) en el sector informal la educación tiene un efecto muy reducido sobre los ingresos, ii) la experiencia tiene un efecto sobre los trabajadores informales, y las mujeres tienden a tener menos experiencia que los hombres. También es un hecho que las mujeres se concentran en ocupaciones de baja productividad e ingresos, señala el Instituto antes mencionado.

A pesar de las dificultades que enfrentan las mujeres, la informalidad es una alternativa de trabajo real y de fácil acceso para ellas, al no existir limitaciones en la edad, el sexo, “los estereotipos de belleza”, las exigencias educativas y de capacitación. La forma de organización del trabajo es más flexible, por lo que pueden disponer de su tiempo y del espacio en el que realizan su trabajo, haciéndolo más compatible con sus responsabilidades domésticas; igualmente, en razón a que la inversión que se requiere realizar en estas actividades es menor, superan en alguna medida, las dificultades de acceso a créditos y la histórica falta de medios económicos (Hurtado, 2000).

Pero las oportunidades económicas de las mujeres siguen siendo determinadas por imperativos estructurales, pues todavía existen las causas para las estructuras de género que dividen la economía y la sociedad. Al respecto la OIT señala que gran parte del trabajo de las mujeres sigue siendo invisible, puesto que la responsabilidad que se les asigna en relación al trabajo doméstico y al cuidado de la familia genera desigualdad de oportunidades en el acceso a los recursos económicos, culturales, sociales y políticos. A su vez el trabajo reproductivo no tiene valor económico en la sociedad, la función biológica de la procreación se proyecta en la función social del cuidado a los miembros de la familia. Además, refiere la OIT que las mujeres tienen menor acceso a los recursos productivos y enfrentan menores oportunidades para desarrollar su capital humano, ya que el sistema educativo y de formación profesional tiende a reproducir las pautas tradicionales sobre las relaciones e identidades de género.

En varios países de la región las mujeres sufren exclusiones tanto de la participación política como del trabajo productivo, sea por tradición (en virtud de leyes discriminatorias) o mediante la privación de la enseñanza, según indica la OIT. En este sentido, las construcciones de género también son un eje estructurante de la EI en tanto, tienen efectos sobre la vida de los trabajadores y las trabajadoras de este sector.

Es en la EI donde, en el promedio regional, las mujeres superan a los hombres: 51% frente a 46%, respectivamente, (OIT, 2006). Desafortunadamente, en este sector es donde se producen las mayores inequidades laborales, pues se trata de un empleo precario, desprotegido y, en general, no decente, según la terminología de la OIT. Asimismo, la presencia mayoritaria de las mujeres en este tipo de economía, se explica por las mayores dificultades de inserción laboral que éstas experimentan.

Finalmente, es necesario indicar que a pesar que el trabajo de las mujeres en la economía informal tiene profundas repercusiones económicas, políticas y sociales, puesto que sus ingresos están destinados fundamentalmente a los gastos propios del hogar, la presencia masiva de las mujeres en dicho sector, no ha estado acompañada por cambios en la distribución de responsabilidades familiares, como tampoco en la prestación de servicios por parte del Estado para cubrir una serie de necesidades que resultan de dicha vinculación. Para atender estas carencias, las mujeres han ido desarrollando muchas estrategias familiares de vida, así como han construido redes de solidaridad y apoyo mutuo entre familiares y extrafamiliares para intercambiar bienes y servicios, información, alimentos, dinero a través de préstamos, así como apoyo moral y emocional (Orsatti y Calle, 2004)

Específicamente, la Resolución de OIT plantea que:

  • hace falta un mayor entendimiento de la relación existente entre la EI y la feminización del trabajo.
  • normalmente, las mujeres tienen que conciliar la triple responsabilidad de ganarse el sustento, ocuparse de las tareas del hogar y cuidar a los ancianos y los niños. También se las discrimina en relación con el acceso al desarrollo de los recursos humanos y a otros recursos económicos. Son también quienes más adolecen de representación y voz. Así pues, las mujeres tienen más posibilidades que los hombres de encontrarse en la economía informal.
  • se debería conceder especial atención a las responsabilidades que asumen las mujeres en relación con el cuidado de personas, para facilitar su transición del empleo informal al formal.
  • la reforma de la legislación relativa a los derechos de propiedad debería hacer especial hincapié en las desigualdades de género en relación con los derechos de posesión y control de bienes.
  • los sindicatos deberían crear o adaptar estructuras internas que promuevan la participación y la representación de las mujeres y tengan en cuenta sus necesidades específicas.
 
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